Ella camina sola por los andenes y pasillos largos del
metro, la cabeza gacha y no es para mirar el móvil, sino para contemplar la
vista de sus zapatos desde arriba.
Ella camina algo distraída, absorta en su mundo, ella se
siente invisible, se siente libre. Se pregunta cosas de vital importancia,
cosas en las que nadie repara demasiado y no son importantes para el resto del
mundo.
Si alguien la viera, podría decir que no lleva rumbo alguno,
ella vuela con cada paso sin importar quien la mire.
De pronto se para y calcula la posición dónde parará la
puerta corrediza del metro y espera; Al sentarse en el asiento ella saca
delicadamente y con mimo un cuadernito de su bolso, junto con un bolígrafo azul.
La portada del cuaderno tiene un estampado con florecitas muy coloridas, ella
lo abre y se zambulle en ese mundo de palabras escritas, a veces suele levantar
la cabeza para mirar las paradas o a las personas, a veces hasta se queda
mirando a la nada.
Está tan inmersa en su escritura que seguramente ella no
solo vea pequeñas historias que contar, mientras su larga melena clara cuelga
por sus hombros y espalda.
Su rostro se ilumina y esboza una tenue sonrisa casi
imperceptible para el resto de la gente, la cual no me importa.
Ella no es tímida, simplemente le soñar en silencio en su
pequeño mundo de papel, y mientras ella sueña en su burbuja yo la miro cada
día.
Veo su melena colgar, su cuaderno arder y hago un mundo de
esa tenue sonrisa. No me importa si no se da cuenta pero éste momento entre
andenes y trenes es el mejor momento de mi día. Y ella ni siquiera me ve, pero
a mí no me importa.
Cada mañana salgo una hora y cuarto antes, sólo para poder
mirarla y cuando ella se baja del tren, yo hago lo propio y cambio de trayecto,
ya que éste no es el mí trayecto para ir al trabajo, pero tampoco me importa.
